Un extraño en mi cama - Relato
Hoy me levanto
con un extraño a mi lado. Me asusto cuando lo veo, sin ser capaz de recordar
nada de lo ocurrido ayer. No sé quién es, porque está cubierto por completo por
las sábanas, pero, a juzgar por su silueta, puedo deducir que es una palabra
larga, de esas que cuesta trabajo sacar por la garganta y, cuando las
pronuncias, te da una sensación rara, como si fueran palabras especiales y
prohibidas. No suelo tratar con ese tipo de palabras, y por eso me sorprende
verlo ahí, roncando suavemente desde el interior de mi cama. Yo suelo
relacionarme con palabras cortas, fáciles y limpias, de esas en las que la
gente no suele reparar, pero que dejan un regustillo a claridad y sencillez que
las palabras largas no pueden proporcionar. Qué le voy a hacer, si yo tan solo
soy la palabra “sí”.
Camino por la
habitación, intentando hacer memoria y averiguar quién es el extraño en mi
cama. Desafortunadamente, me golpeo el extremo de la ese con la pata de mi
mesilla, y el ruido hace que el extraño se revuelva en la cama. Para mi alivio,
no se despierta, pero se mueve lo suficiente como para destaparse y dejarse al
descubierto. Entonces lo reconozco, es la palabra “prisionera”. El corazón casi
se me escapa de la tinta del sobresalto.
Me siento en
el suelo, apoyando mi tilde en la puerta del armario, y reflexiono largamente.
No tengo ni idea de cómo ha llegado hasta aquí. Es cierto que, últimamente, la
he visto merodeando por ahí más que de costumbre, como si quisiera acercarse a
mí, pero, hasta ahora, siempre la había ignorado. Es lo que suelo hacer con
este tipo de palabras, palabras imponentes, porque me da la impresión de que
tardaría demasiado tiempo en leerlas y comprenderlas realmente. Supongo que,
aunque suene triste, a veces es más fácil y práctico limitarse a lo sencillo e
ignorar el resto. “Prisionera”, en concreto, me parece una palabra
particularmente intimidante, una de esas que sabes que, al oírlas, te conducirán
a numerosas quebraduras de cabeza. Es una palabra estridente, un estallido de
significado entre la monótona melancolía de los monosílabos. Es por eso que
nunca me había atrevido a dirigirme a ella.
Me levanto,
dispuesta a salir de la habitación. De ese modo, cuando despierte yo no estaré
ahí, y ella podrá salir libremente y olvidar lo ocurrido. No obstante, tengo la
mala suerte de escurrirme de camino a la puerta. Es lo que tiene empezar en ese;
no hay quien pueda caminar con equilibrio. El estruendo despierta a “prisionera”.
Esta se incorpora, y es tan larga que se golpea la a con el bajo y modesto
techo de mi habitación. Se frota los puntos de las íes, somnolienta, y después
mira a todos lados, frunciendo las vocales en un gesto de confusión. Sin
embargo, parece que no tarda en acordarse de qué está haciendo aquí, porque
todas sus letras se relajan y me mira con una mezcla de amabilidad y compasión,
al verme ahí tirada en el suelo.
—Tienes que
irte—Le digo con voz diminuta, mientras me levanto torpemente. No me atrevo a
mirarle a los ojos por la vergüenza, así que fijo mi mirada en el suelo de
madera de mi cuarto, mientras espero a que camine junto a mí y salga por la
puerta. No obstante, ella me sorprende riéndose.
—No funciona
así—Dice, aún reflejando una extraña sonrisa de calma que no logro comprender—.
No puedes echarme por las buenas. Llevo viviendo aquí demasiado tiempo.
Su respuesta
me deja helada, y me quedo inmóvil, pensando que debe de estar loca.
—Pero, ¿qué
dices?—Respondo, extrañada—Tú nunca has puesto un pie en esta casa.
La palabra
“prisionera”, aún sentada en mi cama, sacude la cabeza con desesperación e
impaciencia.
—Te equivocas.
Hace ya mucho que estas son también mis sábanas, y que choco con el techo por
las mañanas. Llevo aquí demasiado tiempo, caminando a tu lado y tratando de que
te fijes en mí. Soy como una sombra tuya y, aún así, parece que no has reparado
en mi existencia hasta el día de hoy.
Su rostro se
ensombrece, y yo me dejo caer al suelo de nuevo, arrastrándome por la pared de
mi habitación. La miro con frustración, sin saber cómo decirle que nada de esto
tiene sentido, y que solo quiero que se vaya de aquí y me deje en paz. Es un
problema que no quiero afrontar, es como un montón de basura que escondes bajo
la cama para no tener que limpiar. Mi cabeza me tortura por dentro, tratando de
encontrar algo, algo que corrobore lo que me acaba de contar ella, y que pueda
aclararme las ideas. Pero en mi memoria no hay nada, y el vacío solo oscurece
mi vergüenza y culpabilidad.
—Pero, no
tiene sentido…
Vuelve a reír,
y su ene se contrae hasta casi parecer una pe o una ele.
—Amiga, es
imposible encontrarle el sentido a algo cuando no quieres hacerlo.
Y así fue cómo
conocí a la palabra “prisionera”.
Este relato lo escribí hace bastante, pero quería compartirlo por aquí. Espero que entendáis todo lo que se esconde detrás de estas palabras, y que os haya ayudado de alguna forma.
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