Odio el olor a vainilla - Relato

Odio el olor a vainilla 

Me gusta el olor de la gasolina, del césped recién cortado y del café por las mañanas, cuando los rayos de sol joven se descomponen entre las cortinas traslúcidas del salón y bañan las paredes de un color anaranjado, compasivo. Me gusta la mantequilla de cacahuete, el pintauñas negro y sí, me gusta la cerveza. No me gustan los calcetines mojados, los libros de tapa dura y los filtros de Instagram, esos que te agrandan los ojos y los labios, como diciéndote “cariño, con eso no basta”. 
Me encantan los chicos que hablan de la menstruación con naturalidad, y la gente que sabe leer poesía sin que dé la sensación de que están leyendo la lista de la compra. Me gustan las películas de miedo, ducharme con agua fría y las palabras largas, esas que cuesta trabajo sacar por la garganta y te dejan una sensación reconfortante cuando flotan en el aire. 
Odio los espejos, los relojes y ese miedo instintivo que me recorre cuando camino sola por la noche. No me gusta nada el olor a vainilla. Tampoco las personas mayores, que no dejan de preguntarme si tengo novio yaque ya tengo veinte años; ni las preguntas convencionales que se hacen en el ascensor. Por el contrario, no hay nada que me guste más que las personas que escriben con punto y coma en Whatsapp, aunque no estoy segura de existan. Me gusta desmaquillarme después de una noche de fiesta con mis amigas, y observar mi rostro descompuesto en el espejo mientras trato de borrar el último rastro de maquillaje de mis ojos cansados. Me gusta desabrocharme el sujetador al llegar a casa después de un duro día de trabajo en la tienda. 
Ante todo, odio que me digan que estoy “en esos días” cuando estoy de mal humor, o que llevar el pelo corto es “de chicos” y debería ser más femenina. Odio los prejuicios. 

Separo el bolígrafo del folio arrugado y lo deposito junto a él, en la mesa. Paso mis dedos, ligeramente rojos por el frío y coronados por un pintauñas azul oscuro desconchado, por las palabras que acabo de escribir, casi sin pensar, y levanto la hoja levemente para releerla. Los golpecitos de las gotas de lluvia sobre la ventana de mi habitación acompañan a mis ojos mientras estos recorren la tinta azul reciente, y mis pensamientos se inquietan más con cada línea del texto, oprimiendo mi confianza. Cuando llego al final, estoy totalmente convencida de que no puedo presentar esto al concurso literario, como pensaba. Esto ha sido un error. Cojo la hoja y la rompo en pedacitos, perdiendo un poco de esperanza con cada aullido del papel rasgado. Arrojo los restos a la papelera y, en un instante, es como si esas palabras no hubieran existido nunca. Saco otro folio del cajón superior de mi mesilla, dispuesta a volver a intentarlo. Poso la punta del bolígrafo sobre el folio intacto, y comienzo de nuevo: 

Me gusta el olor a vainilla. 

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