Yo no estuve en París - Relato
YO NO ESTUVE EN PARÍS
Nadia Presa
Una gota de vino rojo como la sangre cae en el blanco de la alfombra. Se extiende por su superficie, expandiéndose como si quisiera abarcar con su intenso color el vacío del suelo que piso. Ignoro la mancha y termino de servirme la tercera copa, con manos temblorosas que no hacen más que recordarme con amargura el significado del día de hoy. Observo la única vela encendida en medio del pastel. La cera azul se derrite lentamente y varias gotas se escurren con una lentitud hipnotizante. Aún no he tenido el valor de soplarla.
Entre la bruma del vino nublando mi vieja cabeza, una oleada de recuerdos se abren paso ante mí. Aquellas veces en que, de niña, vaciaba mis pulmones intentando apagar todas las velas de un solo soplo; pensaba que solo así se cumpliría mi deseo. Ya entonces entendía que lo bueno requería esfuerzo. También me arranca una sonrisa el recuerdo de mis hijos, de su sonrisa inocente plasmada en la pantalla de mi kodak plateada, mientras el sonido irregular de las voces de la familia llenaba el salón al ritmo del cumpleaños feliz. Recuerdo cómo siempre se empeñaban en poner una vela de cada color, y cómo se peleaban por comerse la pequeña galleta que siempre incluían nuestras tartas. El dulce aroma de la nostalgia me recorre la piel como una suave brisa de verano, arropándome en los recuerdos felices del pasado. Doy un sorbo más a la copa y extingo por fin la llama de la vela con un único soplido a través del rojo de mis labios.
Invadida por la añoranza, me muevo por el salón, dejando que mis pies me guíen solos hasta la gran estantería de madera oscura. Mis dedos se arrastran por su superficie y se hacen con la pequeña estructura metálica que simula la torre Eiffel. La compramos en París, hace muchos años, pero lo recuerdo perfectamente. Casi puedo oler el aroma dulzón de los croissants impregnando el aire de las pastelerías, y oír la risa de mis hijos entre las calles tortuosas de la ciudad. A su lado, encuentro el reproductor de discos que tantas veces ha estado encendido mientras mi marido y yo bailábamos en el salón al ritmo de Elvis Presley. Los discos también están aquí, un estante más arriba, ordenados alfabéticamente. Todo me trae recuerdos, todo me hace sonreír.
Cuando mis ojos se topan con el álbum de fotos, apenas tardo un instante en cogerlo, sentarme en el sillón y sumergirme en sus páginas con el mismo entusiasmo de quien descubre algo nuevo. Recuerdos felices, tristes y angustiosos, caras, sonrisas, abrazos, ojos cerrados, poses ridículas. Mis hijos comiendo un helado en la plaza Mayor; mi marido y yo en Venecia de luna de miel; todos juntos en la playa, sonriendo con las piernas llenas de arena y los gorros amplios a punto de salir volando por los aires. Y, entonces, entre recuerdos, colores y sonrisas del pasado, no me siento sola. A pesar del vacío de la casa en el día de mi sexagésimo cuarto cumpleaños, la nostalgia me arropa entre sus brazos, con un poco de pena, sí, pero también con felicidad y satisfacción. Y el pensamiento de tener esta familia y estos recuerdos, aunque estén en otro lugar, en otro tiempo, me hace sentir enormemente agradecida. Me hace apreciar la suerte que tengo de estar rodeada de todos ellos. Y sé, en este momento, que no estoy sola.
El sonido de una llave entrando por la cerradura de la puerta me devuelve a la realidad con un sobresalto. Me quedo inmóvil, aún con la copa ya casi vacía de vino en una mano, y sosteniendo el álbum abierto con la otra. La calma, la felicidad y la satisfacción que hace tan solo un instante había sentido desaparecen de un plumazo, dejando en su lugar un frío hueco oscuro de ansiedad y miedo. La puerta se abre y veo la silueta de mi hermana entrando en la casa. Sin verme, se quita su abrigo lentamente y lo cuelga del perchero. Entonces se gira, me ve y se detiene de golpe, con los ojos muy abiertos.
—¿Qué haces aquí? —Pregunta con cautela.
No respondo. Qué iba a responder. Tan solo doy otro trago a la copa de vino, otro más. Su mirada viaja hasta el pastel que descansa en la mesa con una única vela apagada, y luego vuelve hacia mí. Noto cómo se fija en el álbum que aún sostengo entre mis manos e, inmediatamente después, su expresión se relaja. Me mira con rostro de comprensión, pena y compasión. Se acerca taconeando por el pasillo, me quita la copa de vino y el libro, los deja en una mesilla a mi lado y me abraza. Me abraza un largo rato.
—Vete a casa, Ana.
Y me voy. Salgo a una calle oscura, camino de una casa sin pastel, sin estanterías de madera y sin álbum de fotos. Me voy a una casa vacía, donde los recuerdos no son más que momentos grises y deteriorados, y las sonrisas no aparecen más que en las fotos publicitarias que conservo en los marcos que compro. Me voy a mi casa, a mi verdadera casa; a mi vida, mi verdadera vida; a mi soledad, mi verdadera soledad. Porque yo no estuve en París, ni comí helados con mis hijos en la plaza Mayor; yo no he bailado a Elvis Presley en el salón con mi marido, ni pasado unos días inolvidables en Venecia; y yo no he elaborado un álbum de fotos con los recuerdos felices de una familia unida. Porque yo no tengo familia. Porque, en realidad, todo eso pertenece a otra vida que no es la mía. Porque yo estoy sola el día de mi cumpleaños, al igual que lo he estado el resto de mi vida.
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